Vivo en una ciudad sin rock, Buenos Aires ya no rockea más.
No más conciertos, no más encontrarse en bares y vivir la excitación previa antes de un show, no más nada.
Todas las bandas que iba a ver ahora tocan en las afueras, en San Antonio de Padua, La Plata, o barrios en el oeste, todos lugares de donde yo me escapaba por su chatura y opresión, sólo para venir al "centro" a ver bandas de rock, y ahora son lo sitios a donde hay que ir para escucharlos.
Es como volver atrás cien años.
Con una mezcla de tristeza e indignación le comenté esto a mi amigo Piñata. El me dijo -Es como vivir en la película Footlose, en donde habían prohibido el rock-. Claro, mi amigo barman tenía razón, Buenos Aires se había convertido en esa fábula musical de los ochenta, como ese pueblito perdido en donde escuchar rock y bailar era completamente ilegal.
Pero como siempre, la realidad siempre supera la ficción, pensé, y además me di cuenta que acá no va a haber ninguna rebelión juvenil que nos devuelva ni revitalice el espíturo rocker de la ciudad, ni mucho menos va a haber ningún Kevin Bacon que con sus pasos de baile alocados nos salve de nada.
Entonces me acordé de una de mis canciones favoritas de The Clash, “Working for the Clampdown”: "ahí vienen las voces en tu cabeza, dejá de gastar tu tiempo no hay nada viniendo, sólo un idiota pensaría que alguien podría salvarte", y claro, mi héroe Joe Strummer si que lo sabía, nadia va a venir a salvarnos, solo nosotros podemos salir a la calle y volver a rockear, es lo único que nos queda.



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